Los demás desaparecerán
Texto publicado en El cine rev(b)elado, comisariado por Playtime Audiovisuales y Abraham Rivera. Descargable aquí, 2014

Los demás desaparecerán

No puede evitar meter el alambre de la espiral del cuaderno debajo de las uñas mientras lee. La presión entre uña y carne le provoca placer, pero es un placer tan ligero que ni siquiera es consciente de él. Lo hace con cada uña recién pintada, una a una, dos veces debajo de cada, mientras lee. No pierde la cuenta aunque no está contando.

Te hacen gracia esos tics suyos. Pero a ella no le gustó cuando se lo dijiste. Le hacías ver cosas de ella que desconocía, y eso la enternecía pero la inquietaba también. No le gustaba verse desde fuera. No le gustaba saber que cada vez que hacía un gesto en el aire metía los pulgares hacia adentro, no en el centro de la mano, si no en la línea donde índice y dedo medio se tocan. No quería saber que lo hacía siempre que explicaba algo que le gustaba, o cuando daba indicaciones en la calle. Sobre todo no le gustaba saber que era eso lo que te había enamorado. Le daba miedo.

Cuando se lo explicaste se acordó de esa vez que acabó en la cama con el chico de la cara angelical. No se había fijado en sus manos y cuando las vio tuvo que inventarse una excusa para salir de ahí sin hacerle daño. Parecían garras, ásperas y rojas, con los nudillos abultados del frío, sintió mucho asco cuando le acariciaron la espalda.

Desde entonces te fijas mucho en tus manos y en las de los demás. Te fijas en las manos y en las voces. Te gusta ponerle voz a lo que lees, a este texto también. Te cuesta imaginar voces nuevas, así que les pones voces de gente conocida, son tus actores de doblaje.

Prestas mucha atención cuando sales por tu barrio. Cada mañana tomas el café en el mismo bar porque el camarero tiene voz de pito y saca el meñique hacia afuera al apoyar la taza en el plato. Suya es la voz que te lee el periódico. Memorizas los horarios y los días de trabajo de tus tenderos favoritos en el mercado, y a veces, cuando hace sol, te apoyas en el árbol al lado del quiosco de la Once y escuchas sin pudor cómo esa mujer desea suerte, una y otra vez. Te costó decidirte, pero al final fue ella la que leyó todas las voces de La filosofía en el tocador.

Las voces en off de las películas en cambio te resultan detestables. Prefieres que la voz entre en tu cabeza a través de los ojos. Has aprendido a reconocer el trabajo de un buen editor y te pones muy contento cuando la interrupción de las frases, obligada por el giro de las páginas, coincide con una coma, porque así puedes seguir la cadencia de la voz que has elegido sin apenas cortarla. Además te gusta tener el poder de callarla con el simple gesto de levantar la vista o cerrar el libro.

Pero ahora te tiemblan las manos. Te tiemblan las manos y también el cuaderno, así que la voz se oye entrecortada. Sólo ella sabía todo esto, solo a ella se lo habías contado. Levantas la vista y te das cuenta de que ha dejado de apretar la espiral de alambre debajo de las uñas. Ahora se las está mordiendo. Sabes que te ha reconocido, notas cómo la sangre te sube a la cabeza, escuchas su ritmo acelerado en los oídos, porque lo que más te aterra, más allá de que te haya traicionado, es saber que ahora mismo es tu voz la que resuena en su cabeza.

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